A Rowena Hill

 

Hay días en que el cuerpo pide refugio, un rincón para el sosiego. Una casa con bosque de alisos y montañas que hacen del tiempo musgo y brisa es un buen refugio. Heidegger y Wittgenstein lo sabían, ambos encontraron amparo en remotas cabañas, lugares donde hicieron obra. En ellos pensé mientras veía cómo los pronósticos del clima se deshacían entre los caprichos del firmamento sobre la cordillera, a las puertas del pie de páramo. Frente a la inestabilidad atmosférica recordé los versos de Enriqueta Arvelo Larriva: «volverse llovizna el tiempo»; en realidad su recuerdo fue constante, sus versos, en los que la brisa anda de su cuenta, me servían como traductores de una naturaleza inquieta en la que intentaba cobijarme: «En la paz nocturna/soñaré mi guerra./En la calma oscura/una lucha recia./Un tremendo ensueño/en la sombra quieta».

La paz nocturna de los refugios puede ser invadida por los sueños de batalla. Paul Celan, un hombre asediado por las sombras del genocidio nazi, visitó la cabaña de Heidegger, ubicada en Todtnauberg, en 1967. La guerra fría se libraba en silencio, estos dos hombres se encontraron frente a frente, los dos cargando un pasado insoportable: uno como víctima, el otro como lejano simpatizante del oprobio totalitario. ¿Por qué visitar al hombre que probablemente le removía el recuerdo de la suerte de sus padres en manos de las fuerzas hitlerianas, esas mismas que el filósofo apoyó en su momento? Ambas figuras se admiraban, con interés cada uno leía el trabajo del otro, pero ni la tranquilidad de ese paraje podría acallar la tensión que seguramente se vivió en el encuentro. ¿Ese día de verano pretendía Celan algún tipo de mea culpa por parte de su anfitrión?

Hay pocas noticias del encuentro, nadie más que ellos supo si tocaron o esquivaron el punto que los unía y distanciaba a la vez. Si lo hicieron, lo ocultaron bajo el manto del silencio. Se dice que se dedicaron a hablar de filosofía francesa contemporánea y que en alguna oportunidad el propio Heidegger le comentó a Gadamer que Celan conocía mejor que él los animales y las plantas de la zona. Esto último no es raro si se sabe que Paul Celan era un apasionado lector de enciclopedias y diccionarios, alguien a quien le interesaba el universo botánico y mineral; es fácil imaginarlo caminando, deteniéndose en alguna especie que llamara su atención como curioso observador, diciendo su nombre y señalando alguna de sus cualidades. Después de todo, debe ser más fácil hablar de flores, piedras y animales que de un genocidio.

El poeta y el filósofo regresaron a la cabaña, el poeta tomó un trago y firmó el libro de visitas de su anfitrión, se despidió y partió. Pasado un tiempo, el filósofo recibió «Todtnauberg», un poema surgido del encuentro en Selva Negra, cuyos versos más que respuestas siembran enigmas:

Árnica, alegría de los ojos,/el trago del pozo con el/dado de estrellas encima,/en La/Cabaña/escrita/en el libro/-¿qué nombres anotó/antes del mío?-/en este libro/la línea de/ una esperanza, hoy,/en una palabra que adviene/de alguien que piensa,/en el corazón (…) DESPRÉNDETE/ del pliegue de mi codo,/llévate la túnica/pulsación,/ ocúltate dentro,/fuera./ Ahora que los reclinatorios arden,/ me como yo el libro/con todas las/insignias.

 Enfermo y abatido, Celan se arroja al Sena casi tres años después de la famosa visita. En su mesa de trabajo dejó abiertas las páginas de las últimas lecturas: una biografía de Hölderlin, en la que subrayó el pasaje «A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón». Se hunde el poeta en el río y es encontrado días después por un pescador. Cosas del azar, su libro Reja de lenguaje (1959) se abre con un poema sobre un martín pescador que se sumerge y surge de las aguas:

Voces en lo verde/de la superficie del agua rayadas./Cuando el alción, pájaro de nieve, se sumerge,/zumba el segundo:/lo que estaba de tu parte/en cada una de las orillas,/pasa/segado a otra imagen/ (…) Combate, mundo:/Cuando la concha de los muertos llegue flotando,/repicarán aquí.

Pero dejemos a los muertos descansar. Nombrar el río me devuelve a los alisos, los árboles que rodean el inicio de este recorrido. La multiplicación de su presencia me obliga a saber de ellos: así me entero de que sus cuerpos esbeltos, de corteza clara y diminutos racimos, deben mantener las raíces embebidas en agua; de ahí la cercanía de alisos en las riberas. Al fondo de esta casa los alisos hacen bosque, y en las tardes el viento se encarga del concierto de sus voces. Su madera, según la mitología nórdica, dio origen a los primeros seres. Sus troncos y ramas adquieren un color rojizo al ser talados,  el color sanguinolento delata una pretendida resurrección. Aliso con madera de sangre, aliso encantado; una vez más, Enriqueta Arvelo Larriva me auxilia desde su sabana: «el tronco del árbol grande/que en la senda está caído/tiembla de máscula furia/porque se cubre de lirios».

Escribo desde una casa con bosque, y los bosques sirven para esconderse, para albergar brujas, pero en esta casa nadie cree en ellas. En ese sentido creo que le faltamos el respeto a las costumbres del lugar. Los que estamos aquí vinimos por el refugio de unos días, creyendo en vano escondernos del naufragio, pero esa pretensión está condenada al fracaso, porque en la paz nocturna soñamos nuestra guerra. El país hace agua por todos los rincones, hasta esta altura llegarán sus aguas, y los alisos en su delgadez no podrán ocultarnos. «Cuando la concha de los muertos llegue flotando,/repicarán aquí»: Celan ya lo predijo.

Sabedores de la intemperie, nos cobijamos bajo el chorro nebuloso de la vía láctea, las noches acá siempre son un abuso de estrellas. Para ser justa con los creencias locales, le pido a mi anfitriona que nos eche un cuento de camino; ella accede porque varios ha escuchado de gente que ya se ha ido: En una de esas casas abandonadas vivía un hombre que salía al encuentro de los cheses (arcoíris), él aseguraba que estos podían decirte el día y la hora de tu muerte. Ese hombre un día perdió a su mujer y se hizo caminante, como un alma penitente andaba entre las montañas hasta que un día un familiar lo rescató y lo bajó a la ciudad. Terminó sus días enloquecido en un balcón. Nunca supe si los cheses le dieron día y hora de su muerte.

Bajo tierra los alisos drenan las aguas del naufragio.

 

 

Carolina Lozada (Valera, 1974). Narradora. Ha publicado El cuarto del loco (2014), La culpa es del porno (2013), La vida de los mismos (2011), Los cuentos de Natalia (2010), Memorias de azotea (2007)Lozada fue becaria-residente de la Fundación Bogliasco en el Centro Studi Ligure (Génova-Italia, 2012). Con el cuento «Los pobladores» obtuvo el 69º Premio de Cuentos del Diario El Nacional (Caracas, 2014).

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La cabecera principal fue diseñada por Samoel González Montaño, a partir de un retrato de Maggiflux.  Néstor Mendoza realizó la revisión del texto. La dirección fue de Faride Mereb.