En la acostumbrada solapa de la antigua colección Altazor de Monte Ávila Editores, se podía leer lo siguiente: «Esta Colección, que debe su nombre al memorable poemario de Vicente Huidobro, está destinada a divulgar libros inéditos o antologías de poetas contemporáneos, venezolanos o extranjeros, de reconocida trayectoria. Altazor da cabida a grandes obras de maestros modernos publicadas en otras lenguas y que son especialmente traducidas para la Colección». Estas motivaciones iniciales guiaron la esencia de la colección durante finales de los 80 y durante todo los 90. Después de esta época desaparece el icónico y representativo logo de Gerd Leufert, que tanto distinguió a la editorial y que aún hace pensar en la amplitud del catálogo y en la calidad gráfica, curaduría y versatilidad de estilos que ostentaba la Monte Ávila de antaño. Como lectores, podíamos reconocernos en el diseño de esa antigua colección: el retrato, la caja frontal que anticipaba una concisa hoja de vida y un comentario crítico sobre el poeta antologado o traducido, que se extendía de la portada a la contratapa, en una continuidad que casi nunca pasó desapercibida.  Como un ejercicio de memoria, y, por qué no, como un pequeño homenaje, ofrecemos esta muestra de cuatro representativos poetas venezolanos incluidos en la «Altazor de antes»: Rafael Cadenas, Esdras Parra, Eugenio Montejo y Ana Enriqueta Terán. 

 

Rafael Cadenas - Antologia
Fotos de las portadas: Samoel González Montaño

 

Seguirás haciendo
trabajosamente
la alabanza.

Has tenido que sacártela de ti como
de una asfixia,
has tenido que arrancártela
contra ti,
has tenido que comprarla
después de esperar
con paciencia
de cautivo
(sin saber que el rescate eras tú)
y aún no sale de tus labios
con seguridad.

Sé cómo ha sido
seguir
queriendo
expulsado, trémulo, aterrado, pobre, barrido.

 

AS IF

Es como si amáramos. Es como si sintiéramos. Es como si viviéramos.

Esto fatiga. Hasta se ansía un error. Puede que al equivocarnos los actores rocen la verdad.

 

ENTRONIZAMIENTO

Un día los perseguidores no encontraron víctima, pues ella asumió todo, se plegó a sus acusaciones, aun las más absurdas, hizo sus demandas hasta quitarse, hasta casi no existir.
Ya no había nadie a quien torturar. Cansados de sus crueldades, decidieron irse.
Vieron que su víctima formaba parte de ellos, o ellos de su víctima.
Ahora solo vienen contadas veces.

 

COMBATE

Estoy frente a mi adversario.
Lo miro, cuento la distancia entre él y yo, doy un salto.
Con mi mano abierta en sable lo cruzo, lo corto, lo derribo, rápidamente. Veo su traje en el suelo, las manchas de sangre, la huella de las caídas; él no está por ninguna parte y yo me desespero.

 

IMAGEN

Irás
de una tergiversación
a otra

en lenguas

(la costumbre
es tomar la medida
con este o aquel metro
y echar el fallo)
pero a ti,
entero,
solo te conoce
el vacío.

 

Esdras Parra - Este Suelo Secreto

 

Te echas el miedo
sobre los hombros
cabalgas con él
firmes vuelas sin que
nadie te vea
en el territorio
del que te han desalojado
por puro temor
donde hace tiempo
has desaparecido
con tu cuerpo al descubierto
sobre el borde de tus deseos
padeciendo la gravedad
de tus ilusiones
con ese miedo arrumbado
caído en desuso
y sin fuerzas
en el cual vives.

 

~

Hasta cuándo cultivas la sed
hasta echarla por la borda
darla por perdida
tomarla por otra
convertirla en papilla
precipitarla en el foso
hacer de su defensa
un asunto de vida o muerte
de muerte quizá.

 

~

La palabra que señala tu enigma
está escrita en el reverso de tus sueños
de una cuerda de aire
tensa
cuelga en silencio
en la superficie de la noche está escrita
y escrita atraviesa el paisaje de tus días.

 

~

He visto tus sueños
en el follaje de tus ojos
abriendo un horizonte de cenizas
listos para morir
y la lumbre inocente
que salta de rama en rama
te trae el color de la tierra
a la que debes habituarte
antes que la bruma
crezca dentro de ti.

 

Eugenio Montejo - Antología

 

En los bosques de mi antigua casa
oigo el jazz de los muertos.
Arde en las pailas ese momento de café
donde todo se muda. Oréanse ropas
en las cuerdas de los góticos árboles.
Cae la luz entre las piedras y se dobla
Atisbo a la mudez del establo
la brida que me salva de un decurso falible
palpo la montura de ser y prosigo
cuando recorra todo llamaré ya sin nadie
los muertos andan bajo tierra a caballo.

 

~
Oscura madre de mis élegos
tú que gravitas tú que antecedes
calma central en el vacío de la casa
giras a medio arco del sillón
donde columpias las espaldas hinchadas
al jadeo de tus lámparas. Giras
por ese aire de fatal levitación
con las biblias agónicas del pecho
hasta que caes a copos de la aguja
y en dedales y ojeras nos coses hasta el fin
los vivos a los muertos
tan honda que en ti desapareces.

 

NO SOY FAMILIA DE ESOS ÁRBOLES…

No soy familia de esos árboles
que avanzan de muletas en su verdor
al patio de internado. Me toman
sin conocerme. Posan en mis cabellos
el compasivo silencio de sus ramas
y aguardan. Mi preceptor espía el fondo
de mis pasos como hurgando una sal
de placenta que me recoja. Ya nadie viene.
Ni madre que me conduzca por el río
de su sangre. Ni la buena pestaña
que se lleve mis ojos. Hastiada la cabeza
se hunde en el plumón de las costillas.
Ya no se irán de mí los filos espoleantes
con que muerde esta acera. Los clavos
de esas raíces me dejarán aquí
para siempre. Aunque abra la ventana
de casa y crezca lejos, aunque pague
con oro de mi infancia una culpa inocente,
ya no podré zafarme. Y si corro
hacia mi vida, hacia mi muerte,
el preceptor saca la lengua precisa
y su astucia de sapo me captura.

 

DOS LLAMAS

No es sueño esa hora extática
donde me veo ir de tu mano
a través de los árboles quietos
de la casa sin nadie.

No es sueño el diálogo que vuelve
a nuestras dos límpidas llamas,
hasta fundirnos en la noche
al fondo de una lámpara.

¿Cómo saber cuál de los pábilos
a cortado la muerte? Uno de ambos
está soñando al otro,
pero en la luz que mezcla el tiempo
nos vemos y nos basta.

 

LA VIDA
                                                   a Vicente Gerbasi

La Vida toma aviones y se aleja;
sale de día, de noche, a cada instante
hacia remotos aeropuertos.

La Vida se va, se fue, llega más tarde;
es difícil seguirla: tiene horarios
imprevistos, secretos;
cambia de ruta, sueña abordo, vuela.

La Vida puede llegar ahora, no sabemos,
puede estar en Nebraska, en Estambul,
o ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.

La Vida es el misterio en los tableros,
los viajantes que parten o regresan,
el miedo, la aventura, los sollozos,
las nieblas que nos quedan de adiós
y los aviones puros que se elevan
hacia los aires altos del deseo.

 

Ana Enriqueta Teran - Casa de Hablas

 

A TERESA DE LA PARRA

I

Alguien podría contestar «rocío»
si preguntaran por un claro día;
alguien podría desde tu agonía
ver los azules de este cielo mío.

Teresa, de mis voces desconfío
cuando escucho tu límpida armonía,
Teresa en ti, por ti con mi alegría
y mi tristeza vas en ancho río.

Tú y yo Teresa, dulces por el mundo
hasta hallar la purísima certeza
de que el amor es uno verdadero.

Teresa en ti, con tu laurel profundo,
al pie de tu lejana gentileza,
en ti, por, ti, contigo sufro y muero.

Teresa, por la orilla de mi vida
al borde mismo de mi pensamiento,
Teresa en muerte y litoral violento,
Teresa en mí, negada y concedida.

Teresa en vida y sueño sin salida
y en presencia llevada por el viento,
ausencia corporal que ya no siento
por escuchar la ausente presentida.

Estás de pie sobre la arena yerta
del sueño que te tiene y te circunda
solo de ti la sal de algún momento.

Teresa en soledades malherida
eres guardiana fina de mi vida
y azul navío de mi pensamiento.

 

CANTO

No basta hablar del fuego para tener su boca;
hay que escuchar el río, la raíz, la simiente,
el crepitar del árbol en la verde penumbra:
hay que saber del ancho pulmón de lo terrestre.

Lleva en los tibios ríos de mansedumbre
y en los senos guirnaldas de leche sumergida,
una marina antigua en la piel de la espalda,
que suaves litorales sus caderas avivan.

Es la belleza apenas un punto por sus sienes
porque es hembra tendida fluyente por los prados;
apenas en el pecho lleva luces celestes
y latitudes tibias como espejos cercanos.

Ella se mira en todo y se mira en el hombre,
el sembrador, el «uno» sobre la sal terrena;
se sabe dominada por su simiente oculta
pero también se sabe con dignidad tierra.

Aunque el hombre esté llevó de vital espesor,
de fulgores erguidos de brumosas corrientes,
nunca llega como ella a los intactos nombres
de la tierra, la vida, el amor y la muerte.

No basta hablar del fuego para tener su boca;
hay que saber del río, la raíz, la simiente,
del crepitar del árbol en la verde penumbra
hay que saber del ancho pulmón de lo terrestre.

 

ODA V

                                                 a Teresa de la Parra

Las raíces más hondas del árbol de la vida,
la sustancia más pálida de la entraña y el beso,
la ausencia más celeste de un día entre los días
y el corazón más alto y oscuro desde lejos.

Te doy para que tornes, con mis ojos sombríos,
a mirar estos rotos y antiguos litorales,
aquí donde estuviste con llantos encendidos
debajo de estos claros uveros como naves.

Aquí donde supiste de la vida salobre
que azotaba tu rostro desde la mar tendida
sobre la arena tibia y las rocas insomnes.
¡Oh! desgarrada mar, tan tuya como mía.

Yo también gimo ahora, aquí, de esta hermosura
de mar desalentada y espumas perennes,
gimo por tu presencia y que mi voz rehúya
el llamado de muerte que atraviesa mis sienes.

¿Por qué, en dónde mi cuerpo volverá a ser, en dónde?
¡Oh! saberse despierta, palpitante sumisa;
Teresa, por la mar, en celeste nombre
te invoco en tu presencia corporal. Rediviva.

Que tus negros cabellos sean esparcidos
por esta clara brisa que me apresa y envuelve;
Teresa, por el norte aves y regadíos
y por el sur la vida contigo y con mi muerte.

Pero tal vez tú escuchas más allá de este blondo
sollozar, oh sí, tú estás más lejos
y esta coroloa nívea que sueña entre mis manos
es apenas la tierra, o la muerte, o el fuego.

Tiemblo, me ciño toda de algas como si fuera
habitante purísima de algún extraño,
abandono la flébil premura de la yerba
el campo y redondos tintes de los manzanos,

para seguirte a ti, oh transparente, oh llena
de soledad, a ti por tus mundos vedados.

 

PRIMER VIAJE A LA ROSA

Prisionera del tinte clandestino
que sube por su tallo, prisionera
purísima del aire, mensajera
de la forma en el aire vespertino.

Era la rosa por tu cuerpo fino
y el lugar de la rosa verdadera
dejaba por ser rosa prisionera
al borde de mi pecho cristalino.

Prisionera del fuego, prisionera
incolora y fugaz el momento
en que se pierde por la noche fría,

en la penumbra iza su bandera;
prisionera en la sombra y el viento
recobrará su forma con el día.

 

A LA SOLEDAD

Desgarrada en el aire parecía
algún azul sumergida trenza,
por el coral y la arena inmensa
su nombre y su memoria amanecía.

Era de adiós y tierna melodía
y siempre rota y por lo mismo intensa
era en el día mar de piel extensa
y en la noche lunar por la bahía.

¿Si moraste en ciudades luminosas,
por qué sigues mi planta indiferente
que viaja por el nombre de las cosas?

Creí dejarte por el cielo ausente,
mas no, que entre las formas ardosas,
te saluda no voz desde la frente.

 

La cabecera principal fue diseñada por Samoel González Montaño. Néstor Mendoza y Daniel Chacón realizaron la transcripción de los poemas. La dirección fue de Faride Mereb.