En el Colegio La Salle de Barquisimeto Salvador Garmendia estudia del segundo al cuarto grado, pues la tuberculosis lo ha obligado a retirarse de las aulas. Ya recuperado, debe retomar las clases, pero lo hace desde una nueva perspectiva… además de cuentos y novelas, ha leído poesía: Rubén Darío, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y César Vallejo. Siente que la escuela, aunque grande y reconocida, no puede ofrecerle algo novedoso ni representa un reto. Él ha recorrido «mundo» a través de la lectura, pero ahora quiere vivir.

Decide entregarse a «la mala vida»; la bohemia, las letras y los amigos toman el control de sus días. Suele leer, salir y hacer nuevas amistades en bares y sitios de tertulia. En uno de los banquitos de la plaza de Altagracia, un joven llamado Rafael Cadenas se sienta a leer. Ensimismado y de hombros alzados, pasa mecánicamente cada página de la Divina comedia. En ese momento, como una ráfaga, aparece caminando un muchacho que Cadenas reconoce, aunque no es su amigo. Lo detiene, y mirándolo a los ojos le dice:

–Me han dicho que tú lees.

–¡Sí, cómo no! –responde Salvador.

Así comienza una amistad que se fraguó compartiendo lecturas. «Recuerdo que había un cuarto grande donde se acostaba Hermann y nos reuníamos ahí. A veces Salvador venía a la casa donde yo vivía y caminábamos mucho por la ciudad, de noche; entonces, nos sentábamos en la plaza, alrededor había muchos árboles y conversábamos o leíamos», cuenta el poeta.

Un día el poeta español León Felipe dicta una conferencia en un cine de Barquisimeto, Salvador va con una emoción que es recompensada por las palabras que allí escucha. Cada acto, evento o reunión a la que asiste lo inspira a escribir sonetos y tiene la osadía de publicar un ensayo sobre el poeta maldito Charles Baudelaire en la revista de un único ejemplar que funda junto a Alberto Anzola, Elio Mujica, Carmen Luisa e Isbelia de Sequera: Tiempo Literario. Salvador apenas llega a la mayoría de edad.

En una cronología personal que hace Garmendia para la exposición que presenta la Biblioteca Nacional sobre su vida y obra, dirá de la revista: «Era un alarde de diseño gráfico innovador. Éramos ignorantes, y por supuesto fatuos y engreídos, por lo que se pensaba que prometíamos mucho».

Es 1946, escribe el prólogo para la primera obra publicada de Cadenas: Cantos iniciales. Fue editada por la Academia Mosquera Suárez, la misma donde aprenden contabilidad, mecanografía y otros oficios. Ese año también circula su primera novela corta El parque, una suerte de folletón rústico y antecesora en temática de Los pequeños seres (1959). Este texto tiene más valor sentimental y documental que literario o económico.

«Eran pocos ejemplares, se regalaban. Me imagino que en la academia venderían algunos, pero no tenían una finalidad comercial», precisa Cadenas. Sin embargo, es tiempo de celebrar por el futuro, Salvador dedica El parque «desde su mirador de infancia» al humorista y poeta Aquiles Nazoa. Uno de esos pocos ejemplares se lo envía, «con una sincera estimación intelectual», al escritor Enrique Bernardo Núñez.

Creer en un mundo mejor no solo lleva a conocer más de las bellas artes, sino también a confiar en el marxismo como el método correcto para transformar la sociedad y construir la igualdad planetaria. Son días de sueños, posibilidades y arrogancias.

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Fotografías de Faride Mereb. Editadas por Samoel González.

 

La bohemia de provincia

La biografía sucinta que presenta la edición de la novela corta El parque describe el estilo del barquisimetano como «una prosa llena de precisión, con calidad adulta y sugerente fondo». Además, reseña que ha publicado artículos en la Revista Lara, de Barquisimeto, y El Nacional, de Caracas, y que bajo la manga mantiene un libro de cuentos en el que «reúne lo más selecto de su producción en esta difícil disciplina intelectual, que últimamente ha cobrado tanta actualidad». La mayoría de estas historias será desechada en Caracas, cuando se enfrente a los retos de ser un verdadero escritor.

Están las fiestas, pero el pichón debe afrontar también la cotidianeidad del día a día, los cambios que siguen a la adolescencia. Los sentimientos afloran con mayor ánimo en esos años: «Como todos los muchachos, empecé a enamorarme de las vecinas, que estaban más a la mano. Pero eran muchachas muy disputadas, difíciles de conseguir», confiesa en Pasillo de por medio. Por causa de la enfermedad es muy tímido para interactuar con las mujeres de su entorno. Tiene sentimientos poderosos, pero es torpe comunicándolos, lo cual le causa profundas depresiones y amarguras que ayudan también a darle un giro a la vida que hasta el momento lleva.

Del sexo, conoce su virilidad al iniciarse con una prostituta en un burdel luminoso y lleno de vida al que va con los amigos. Se bebe como en un bar y las prostitutas están en la parte de atrás, en cuartos donde, además de arrebatos pasionales, pueden surgir romances.

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También está presente en momentos esenciales para cualquier joven irreverente de la época. Junto con Cadenas va a la seccional del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y piden inscribirse. Los comunistas los reciben con extrañeza, como si se tratara de algo poco común, y lo era… Les confiesan a los dos entusiastas que hasta el momento no había ocurrido una afiliación voluntaria.

En la casa de Altagracia, la madre y las tías rezan un rosario por los comunistas, para que Salvador se arrepienta y los abandone; pero este arrepentimiento solo lo dará la madurez. Pronto llega el día en que la familia considera a Salvador un adulto y es hora de alargarle los pantalones.

La familia le sugiere que hable con el doctor Eladio del Castillo. Salvador sabe muy bien quién es; junto con su pandilla se burlan de las excentricidades del viejo, buscan incomodarlo de cualquier modo. Del Castillo es vecino de los Graterón Tamayo. Fue uno de los primeros en la región en tener radio, además posee una gran biblioteca y en la parte posterior de su casa, una choza con ínfulas de estación meteorológica. Todos los días va de su casa hasta la emisora La voz de Lara para entregar su pronóstico del tiempo.

 

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Salvador toca a su puerta y el viejo lo invita a pasar. Adentro se sorprende con la cantidad inmensa de libros que tiene «el sabio», como lo llaman en la parroquia. Con detenimiento, observa el lomo de cada tomo. Algunos con cueros finos, otros envejecidos hasta el punto de que solo aparecen las costuras. Filosofía, historia, ciencias naturales, medicina, todo el conocimiento del mundo en palabras… Del Castillo se acerca y, amigablemente, le pregunta a Salvador por qué ha ido hasta allá.

–Aquí vengo porque me mandó mi mamá para que me aconseje.

–El mayor consejo es que debes estudiar, buscar el saber. Ese es el gran combustible del progreso –responde el anciano.

Durante media hora, le habla de las bondades del estudio, «siempre con Dios por delante, por sobre todas las cosas».

Salvador escucha, sin aceptar plenamente todo lo que el médico le dice. Al finalizar la conversación, el erudito le regala un microscopio antiguo como una forma de despertar su curiosidad por las ciencias; pero el joven se deshace del pequeño aparato. Años más tarde lamentará esa insensatez y reconocerá haber perdido «una joya».

El muchacho medita sobre su futuro intelectual; dónde puede continuar su vida para realizar esa idea que tiene entre ceja y ceja: convertirse en escritor. Caracas viene a su mente, ya estuvo ahí cuando viajó para que lo operaran de las amígdalas a los 11 años. Recuerda que le impresionó la urbe, le parece una gran ciudad… Mucha gente rodeando la plaza Bolívar, los comercios a reventar, los estudiantes… Quizás allí consiga el ambiente propicio para el trabajo intelectual que desea.

Es el momento de descubrir nuevas experiencias fuera del microcosmos del Barquisimeto rural de la parroquia Altagracia. Sus artículos publicados en El Nacional pueden ayudarlo en esa nueva vida que busca. El país también discurre sobre lo que parece ser la democratización de una sociedad que por fin ha decidido dejar el siglo XIX atrás. La participación de las masas, el éxodo campesino a las ciudades y el establecimiento de una economía dependiente de la renta petrolera están en plena gestación.

Salvador retratará en obra todos esos cambios. Debe dejar atrás la casa de Altagracia: «¡Adiós, adiós pues…! ¡Me voy a Caracas! ¡Soy un escritor…! ¡Publicaré en El Nacional!». Cierra el portón y piensa en la frase —casi sentencia— de su hermano Hermann: «Llevarás a tu casa gloria y no pan».

 

*Extracto de la semblanza inédita «Salvador Garmendia: memoria y voz de un transgresor»