Las fechas extremas de la vida de Ida Gramcko (1924-1994) casi fueron también las de una consagración a escribir poemas que comenzó de niña y se sostuvo hasta muy cerca de su final. Fue menos continua, aunque también enorme, su ocupación en otras modalidades de la literatura: desde el periodismo cultural ejercido cuando muy joven hasta la dramaturgia, abordada ya en la madurez, pasando por el torrente de sus artículos y ensayos de meditación y crítica literaria.

La conciliación entre continuidad y cambio, y entre ciertos extremos de la experiencia personal que en otros casos serían disyuntivos, fue un rasgo preeminente de la existencia de Ida Gramcko. Nacida en una pequeña ciudad de Venezuela señalada por su relevancia nacional como instalación portuaria, y por su inmediatez con una zona de pujante agricultura, la mayor parte de su vida transcurrió en Caracas, la capital del país. Hondamente predispuesta a atesorar veneros muy propios del vivir venezolano, su familia paterna, sin embargo, provenía de una raigambre alemana que al mezclarse con su mitad venezolana quiso mantener viva una doblemente mestiza tradición doméstica que antes de volverse citadina comenzó por compartir unos orígenes de mar y río, de hacienda y puerto. Sustentada por este seno familiar, la independencia personal de Ida fue precozmente auspiciada por su pasión vocacional (comenzó a «escribir» casi sin saber leer) y siempre contó con el apoyo de su dedicación al trabajo profesional de ganarse la vida. Afianzada en este basamento sin fisuras aparentes, reafirmado por su matrimonio con un notable periodista del exilio republicano español, su vida, sin embargo, ya en la madurez de la edad sufrió el profundo quiebre del que fuera hasta entonces su equilibrio psicológico. La figuración pública, teñida durante años por el reconocimiento y el prestigio que le valió Poemas, su gran libro, se retrajo enormemente a partir de la sexta década de su siglo. Luego de recuperarse lo suficiente como para volver al trabajo, ahora como docente de literatura en el liceo, la universidad y los talleres de iniciación en la escritura poética, la repercusión pública de su quehacer no volvió a ser la misma. Menos visiblemente aclamada, su obra siguió avanzando por caminos que mucho le costó trazarse. Fue un cambio en todo sentido drástico, que solo puede medirse por el antes y el después del descalabro íntimo.

 

Este fragmento del poeta y crítico venezolano Alfredo Chacón fue extraído de su libro Ser al decir (Caracas: Oscar Todtmann Editores, 2014). El header  fue  realizado por  Samoel González  Montaño, a  partir de una foto de Ida Gramcko. La transcripción estuvo a cargo de Néstor Mendoza.